Uno es ninguno
Vértigo, simulacro, devenir. Qué más dentro -o fuera, como prótesis externa- de uno, si es, claro, aún válido hablar de uno. Bien hacía Baudrillard al decir que nuestro cerebro pululaba fuera de nosotros en las innumerables ondas herzianas que nos circundaban. Pues allí está el imaginario, desperdigado en las infinitas producciones audiovisuales numéricas.
Ya no es el imaginario dentro, sicologizado, tan poblado por los fantasmas del psicoanálisis (que se encargaron de desarmar Deleuze y Guattari con su "Anti-Edipo"). Se abandonó el individuo, con el imaginario de representaciones. Ahora es la construcción simulada de virtualidades, de sucesos numéricos, insertados en (para seguir con Baudrillard) un cuerpo. Y en este se revuelcan deviniendo, en el vértigo constante, en la movilidad inercial a la que se aproxima Virilio. Allí, donde las pantallas son los nuevos vehículos, ya no móviles, sino inerciales; ya no de aceleración en contraposición a lo estático, sino en super-aceleración en pos de destruir ese binarismo. Allí, donde el pensamiento -y lo que lo compone- ya no está en la mente sino en la videosfera. Allí, ya no se puede hablar de uno, ni de un cuerpo como receptáculo de disciplinas, como punto de existencia única.
Dinamitemos una identidad
Ya no hay realmente una identidad, un individuo, sino una serie de devenires atravezando, como infinitos vectores, los estadíos de una constante presta de discursos. Ya no hay algo que queda en la idea de una persona, que lo identifica. Ya no hay identidad. Por el contrario, en esa verdadera bulimia de devenires se generan identificaciones múltiples, que se suceden infinitamente, en el vértigo constante. Ante la posibilidad de lo constante frente a lo cambiante (y a la constancia del cambio impuesta por la producción), se busca ahora aquello que deja el cambio en pos de infinitas metamorfosis, y en tanto eso se hace nada.
Son capitales culturales que copulan constantemente. Sucesión de devenires menores, discursos que se asumen con una naturaleza de rizoma en las que la persona ya no es finalmente algo. La respuesta a las preguntas universalistas y generales, surgidas en la efervescencia del espíritu moderno ya no tienen realmente validez. Mucho menos todas las nociones binarias que han conformado la modernidad, y que el sistema se ha encargado de naturalizar. Las dualidades consagradas (bueno, malo; femenino, masculino; sujeto, objeto; etc..) se han caído, siendo los matices entres sus parámetros aquellos que se validan.
Pues bien, si consideramos -como acertó Foucault- que el individuo es una figura capitalista, dotada de su contraparte binaria, masa, en pos del sistema productivo, y que luego las ciencias sociales de la modernidad dotaron de psique (psicología), una posición "naturalmente correcta" del mundo en base a la cual se juzgaba el resto (antropología) y una estructura en la cual produce (sociología), vemos finalmente que, de natural, el individuo -ese uno que se busca- es pura construccción. Uno no es algo, uno se hace algo. y en tanto no deja de hacerse, uno es ninguno.
Ya no es el imaginario dentro, sicologizado, tan poblado por los fantasmas del psicoanálisis (que se encargaron de desarmar Deleuze y Guattari con su "Anti-Edipo"). Se abandonó el individuo, con el imaginario de representaciones. Ahora es la construcción simulada de virtualidades, de sucesos numéricos, insertados en (para seguir con Baudrillard) un cuerpo. Y en este se revuelcan deviniendo, en el vértigo constante, en la movilidad inercial a la que se aproxima Virilio. Allí, donde las pantallas son los nuevos vehículos, ya no móviles, sino inerciales; ya no de aceleración en contraposición a lo estático, sino en super-aceleración en pos de destruir ese binarismo. Allí, donde el pensamiento -y lo que lo compone- ya no está en la mente sino en la videosfera. Allí, ya no se puede hablar de uno, ni de un cuerpo como receptáculo de disciplinas, como punto de existencia única.
Dinamitemos una identidad
Ya no hay realmente una identidad, un individuo, sino una serie de devenires atravezando, como infinitos vectores, los estadíos de una constante presta de discursos. Ya no hay algo que queda en la idea de una persona, que lo identifica. Ya no hay identidad. Por el contrario, en esa verdadera bulimia de devenires se generan identificaciones múltiples, que se suceden infinitamente, en el vértigo constante. Ante la posibilidad de lo constante frente a lo cambiante (y a la constancia del cambio impuesta por la producción), se busca ahora aquello que deja el cambio en pos de infinitas metamorfosis, y en tanto eso se hace nada.
Son capitales culturales que copulan constantemente. Sucesión de devenires menores, discursos que se asumen con una naturaleza de rizoma en las que la persona ya no es finalmente algo. La respuesta a las preguntas universalistas y generales, surgidas en la efervescencia del espíritu moderno ya no tienen realmente validez. Mucho menos todas las nociones binarias que han conformado la modernidad, y que el sistema se ha encargado de naturalizar. Las dualidades consagradas (bueno, malo; femenino, masculino; sujeto, objeto; etc..) se han caído, siendo los matices entres sus parámetros aquellos que se validan.
Pues bien, si consideramos -como acertó Foucault- que el individuo es una figura capitalista, dotada de su contraparte binaria, masa, en pos del sistema productivo, y que luego las ciencias sociales de la modernidad dotaron de psique (psicología), una posición "naturalmente correcta" del mundo en base a la cual se juzgaba el resto (antropología) y una estructura en la cual produce (sociología), vemos finalmente que, de natural, el individuo -ese uno que se busca- es pura construccción. Uno no es algo, uno se hace algo. y en tanto no deja de hacerse, uno es ninguno.
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