lunes, 14 de julio de 2008

Macro ceguera

Esta ciudad es muy grande para comprenderla. Mejor es maravillarse con su sin fin de colores, contrastes y sin sentidos. Extraña empresa la de los científicos sociales tradicionales que, en una labor similar a la de David, pretenden reducir a un gigante con el esfuerzo mínimo; la herramienta básica y más funcional.

Curioso afán el intentar ver, a través de la mira de las más variadas técnicas, metodologías científicas, esquemas y matrices, lo complejo de los usos desarrollados a un nivel micro social. Hipertelia cientificista que se enfrasca en parámetros orientados a la utilidad, a la respuesta de la casuística y de causalidad. Mirada teleológica de su disciplina, que intenta establecer las leyes de lo macro abandonando la mira a las innumerables estrategias de lo micro, la fascinante gama de reglas que surgen a partir de los encuentros, del contacto, de la (inter)acción.

Más que probar el sabor del sin sentido –característica de los contextos cercanos– en pos de una descripción (un análisis sin pretensiones asépticas ni objetividades falaces), se enfrascan en una labor orden(d)adora donde enfatizan una aproximación supuestamente alejada del sesgo y protegida en el armatoste de la medición, la experimentación y el siempre grueso escudo de validación de una tesis. Coraza supuestamente infranqueable de la aproximación que tiene la ciencia moderna.

Más adecuado sería, en cambio, seguir por el camino que abrieron investigaciones como las de Tarde o Simmel, y que bien han continuado estudios como el de Goffman, enfocarse en los procesos micro sociales, hablar de una microhistoria en lugar de seguir a la caza de grandes estructuras, de anteponer binarismos como individuo/masa o individual/social. Puesto que en busca sin de las supestas grandes miradas se termina en una ceguera que no permite observar mucho de lo que ocurre.


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viernes, 4 de julio de 2008

Uno es ninguno

Vértigo, simulacro, devenir. Qué más dentro -o fuera, como prótesis externa- de uno, si es, claro, aún válido hablar de uno. Bien hacía Baudrillard al decir que nuestro cerebro pululaba fuera de nosotros en las innumerables ondas herzianas que nos circundaban. Pues allí está el imaginario, desperdigado en las infinitas producciones audiovisuales numéricas.

Ya no es el imaginario dentro, sicologizado, tan poblado por los fantasmas del psicoanálisis (que se encargaron de desarmar Deleuze y Guattari con su "Anti-Edipo"). Se abandonó el individuo, con el imaginario de representaciones. Ahora es la construcción simulada de virtualidades, de sucesos numéricos, insertados en (para seguir con Baudrillard) un cuerpo. Y en este se revuelcan deviniendo, en el vértigo constante, en la movilidad inercial a la que se aproxima Virilio. Allí, donde las pantallas son los nuevos vehículos, ya no móviles, sino inerciales; ya no de aceleración en contraposición a lo estático, sino en super-aceleración en pos de destruir ese binarismo. Allí, donde el pensamiento -y lo que lo compone- ya no está en la mente sino en la videosfera. Allí, ya no se puede hablar de uno, ni de un cuerpo como receptáculo de disciplinas, como punto de existencia única.

Dinamitemos una identidad

Ya no hay realmente una identidad, un individuo, sino una serie de devenires atravezando, como infinitos vectores, los estadíos de una constante presta de discursos. Ya no hay algo que queda en la idea de una persona, que lo identifica. Ya no hay identidad. Por el contrario, en esa verdadera bulimia de devenires se generan identificaciones múltiples, que se suceden infinitamente, en el vértigo constante. Ante la posibilidad de lo constante frente a lo cambiante (y a la constancia del cambio impuesta por la producción), se busca ahora aquello que deja el cambio en pos de infinitas metamorfosis, y en tanto eso se hace nada.

Son capitales culturales que copulan constantemente. Sucesión de devenires menores, discursos que se asumen con una naturaleza de rizoma en las que la persona ya no es finalmente algo. La respuesta a las preguntas universalistas y generales, surgidas en la efervescencia del espíritu moderno ya no tienen realmente validez. Mucho menos todas las nociones binarias que han conformado la modernidad, y que el sistema se ha encargado de naturalizar. Las dualidades consagradas (bueno, malo; femenino, masculino; sujeto, objeto; etc..) se han caído, siendo los matices entres sus parámetros aquellos que se validan.

Pues bien, si consideramos -como acertó Foucault- que el individuo es una figura capitalista, dotada de su contraparte binaria, masa, en pos del sistema productivo, y que luego las ciencias sociales de la modernidad dotaron de psique (psicología), una posición "naturalmente correcta" del mundo en base a la cual se juzgaba el resto (antropología) y una estructura en la cual produce (sociología), vemos finalmente que, de natural, el individuo -ese uno que se busca- es pura construccción. Uno no es algo, uno se hace algo. y en tanto no deja de hacerse, uno es ninguno.


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